Crónica | El día en que el país se quedó a oscuras
Redacción
El reloj avanzaba hacia el mediodía del lunes 23 de febrero de 2026 cuando, casi sin aviso, la rutina nacional se detuvo. Primero fue un parpadeo breve de las luces. Luego, el silencio eléctrico. Ventiladores inmóviles, pantallas negras y el murmullo colectivo de una pregunta que comenzó a repetirse en barrios, oficinas y escuelas de toda la República Dominicana: ¿se fue la luz en todos lados?

No era una avería común. Era un apagón de gran magnitud.
Desde el Gran Santo Domingo hasta Santiago, pasando por pueblos del Cibao y comunidades del Este y el Sur, el país experimentó una interrupción eléctrica que dejó al descubierto la fragilidad de un sistema del que depende casi toda la vida moderna dominicana.
El instante en que todo se detuvo
Entre las 10:30 y las 10:50 de la mañana comenzaron los primeros reportes. Comerciantes salieron a las aceras buscando explicación; estudiantes abandonaron aulas calurosas; empleados reiniciaron computadoras que nunca volvieron a encender.
En cuestión de minutos, el apagón dejó de ser local para convertirse en nacional.
Los semáforos se apagaron y el tránsito urbano se transformó en un caos improvisado. En Santo Domingo, el Metro suspendió operaciones y pasajeros fueron evacuados mientras agentes intentaban reorganizar la movilidad en una ciudad repentinamente detenida.
En comunidades del interior, la escena fue distinta pero igual de significativa: colmados funcionando a medias, plantas eléctricas encendiéndose como un coro mecánico y vecinos confirmando por llamadas y mensajes que la oscuridad era compartida.
La explicación oficial
Horas después, la Empresa de Transmisión Eléctrica Dominicana (ETED) confirmó lo que ya parecía evidente: una “falla mayor” en el Sistema Eléctrico Nacional Interconectado (SENI) había provocado la interrupción.
El sistema eléctrico, explicaron técnicos, perdió estabilidad tras una caída significativa en la generación, obligando a desconexiones automáticas para evitar daños mayores en la red nacional.
En términos simples: el sistema se protegió apagándose.
Mientras brigadas técnicas trabajaban en coordinación con generadoras y distribuidoras, el restablecimiento se realizó de forma gradual, barrio por barrio, provincia por provincia, como quien vuelve a encender un país pieza por pieza.
Un país en pausa
Durante horas, la economía operó a media capacidad. Oficinas cerraron temprano, comercios redujeron ventas y el calor del mediodía recordó la dependencia absoluta de la electricidad en la vida cotidiana.
En muchos hogares, la escena fue casi nostálgica: familias reunidas en galerías y patios, conversando mientras esperaban el regreso de la energía, como en tiempos anteriores a la hiperconectividad.
Pero detrás de esa imagen cotidiana se escondía una preocupación mayor.
Un apagón que reabre debates
Este evento no ocurrió en el vacío. Se trata del segundo apagón importante registrado en pocos meses, lo que ha reactivado el debate nacional sobre la estabilidad del sistema eléctrico dominicano, su capacidad de respuesta y la necesidad de modernización de la infraestructura energética.
Expertos señalan factores estructurales que continúan presionando la red:
- aumento sostenido de la demanda eléctrica,
- vulnerabilidad en la transmisión,
- dependencia de un sistema altamente interconectado,
- necesidad de inversiones tecnológicas y redes más resilientes.
El regreso de la luz
Entrada la tarde y llegada la noche, la electricidad comenzó a regresar progresivamente. Las luces volvieron a encenderse en calles y hogares, acompañadas por aplausos espontáneos en algunos sectores y suspiros de alivio en otros.
La normalidad regresó lentamente, aunque con una sensación compartida: la certeza de que basta una falla para detener todo un país.
Más que un apagón
El evento del 23 de febrero no fue solo una interrupción eléctrica; fue un recordatorio colectivo de la dependencia energética nacional y de los desafíos pendientes en uno de los servicios más esenciales para el desarrollo.
Mientras las autoridades continúan investigando la causa técnica exacta, queda una imagen grabada en la memoria dominicana: la de un lunes cualquiera convertido, de repente, en el día en que la nación entera quedó a oscuras… y tuvo que esperar, unida, el regreso de la luz.

